Hasta la fecha una de las mayores dificultades a la que se enfrentan los médicos es un habitual retraso en el diagnóstico. Aunque cada vez hay una mayor sensibilización por parte de los médicos y de la sociedad en general, hay ciertos factores que dificultan el diagnóstico precoz como son la variabilidad individual de cada niño, la variabilidad a lo largo del desarrollo, el miedo de los médicos a equivocarse (son niños de aspecto normal e incluso algunos niños tienen habilidades hipertróficas) y la ausencia de criterios diagnósticos consensuados para niños muy pequeños (menores de tres años). Además muchos profesionales de la pediatría no tienen formación especializada en estos rasgos y necesitan de una mayor familiarización con las herramientas diagnósticas.

Podemos ver algunos signos precoces que se pueden detectar en el comportamiento de los niños para llevar a un diagnóstico más claro.

Primeros meses de vida

A los niños ya de bebes les gusta mirar las caras, imitar, presentan cierta sincronía motora y un llanto que resulta informativo de lo que les ocurre.  Se dice que los niños pequeños son “comunicativos antes que intencionales” y son sociales por naturaleza. Los niños antes de nueve meses ya pueden seguir la mirada de su madre.

En estas edades tan precoces ya hay unos signos tempranos de autismo, como son un contacto visual reducido, no sonríen apenas, no responden a su nombre, no te siguen con la mirada… con frecuencia son niños “muy tranquilos”, “no demandantes”.

Más adelante aparecen signos como la no imitación o simbolización (hacer lo que hacen los mayores o demás niños en su vida cuotidiana…), no compartir momentos como leer cuentos con el padre o la madre, no jugar ni compartir juegos con otros niños o el dedicar pocas miradas a las personas.

Se trata de unos déficits tempranos que persisten en el tiempo, probablemente porque tienen que ver con el aprendizaje social que está alterado.

Entre los 18 y los 36 meses de edad

Así, entre los 18 y 36 meses de edad se pueden percibir signos como:

  • Sordera aparente, no responde a llamadas o indicaciones. Parece que oye algunas cosas y otras no.
  • No persigue por la casa a los miembros de la familia ni alza los brazos cuando está en la cuna para que le cojan. Parece que nos ignora.
  • Cuando se le coge de la cuna o el parque no sonríe ni se alegra de ver al adulto.
  • No señala con el dedo para compartir experiencias ni para pedir.
  • Tiene dificultades con el contacto ocular, casi nunca lo hace y cuando mira hay veces que parece que “atraviese con la mirada”, como si no hubiera nada delante de él.
  • Cuando se cae no llora ni busca consuelo.
  • Es excesivamente independiente.
  • Reacciona desproporcionadamente a algunos estímulos (es muy sensible a algunos sonidos o texturas).
  • No reacciona cuando se le llama por el nombre.
  • Prefiere jugar solo.
  • No dice adiós.
  • No sabe jugar con los juguetes.

A partir de los 36 meses

  • Tiende a ignorar a los niños de su edad, no juega con ellos ni busca interacción.
  • Presenta un juego repetitivo y utiliza objetos y juegos de manera inapropiada; como por ejemplo gira constantemente los objetos, juega con trocitos de papel delante de los ojos, alinea objetos,…
  • Puede presentar movimientos esteriotipados o repetitivos como aleteo con las manos, saltitos, balanceo, caminar de puntillas,…
  • Ausencia de lenguaje, o este es repetitivo y sin significado aparente, con tono de voz inapropiado. No dice cosas que antes decía.
  • No existe imitación.
  • Evita la mirada y el contacto.
  • Parece cómodo cuando está solo y tiene problemas para aceptar cambios en su rutina.
  • Tiene apego inusual a ciertos objetos.
  • Tiene muchas rabietas.
  • Está en su mundo.

 

En SN Psicología somos especialistas en el TEA (Trastorno de Espectro Autista), por lo que si sospecha o cree que su hijo/a tiene algunos de los síntomas que les acabamos de mencionar, no dude en venir a visitarnos.

Le atenderemos y asesoraremos en todo lo que necesite para que puedan conocer un poco más este trastorno.

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